Imaginamos espontáneamente la brecha digital como un problema de equipamiento: un ordenador que falta, una conexión a internet ausente o demasiado lenta. Esa imagen no es falsa. Sin embargo, solo cuenta una pequeña parte de la historia. Dos alumnos pueden disponer exactamente del mismo ordenador y del mismo acceso a internet, en la misma aula, y vivir a pesar de todo una experiencia de aprendizaje radicalmente distinta.
Lo que la brecha digital no es únicamente
La investigación sobre el tema distingue varios niveles de brecha digital, y aquel del que más se habla, el acceso material, no es en realidad más que el primero y el más visible de ellos. Resolver este primer nivel, repartiendo ordenadores o instalando una conexión, es necesario, pero está muy lejos de ser suficiente.
Tratar la brecha digital como un simple problema de material equivale a confundir la condición de partida con la solución completa. El material abre una puerta, pero no garantiza en absoluto lo que ocurre una vez que se ha cruzado.
Un acceso que no basta por sí solo
Más allá del acceso bruto, existe un segundo nivel de brecha, menos visible pero a menudo más decisivo: el de las competencias digitales necesarias para utilizar eficazmente la tecnología una vez que se tiene acceso a ella. Tener un ordenador entre las manos no significa en absoluto saber sacarle partido para aprender.
Este segundo nivel explica por qué dos aulas equipadas de forma idéntica pueden producir resultados de aprendizaje muy distintos. El equipamiento era el mismo, el uso que se hizo de él no lo era.
Mismo acceso, brechas intactas
Un resultado de investigación especialmente contraintuitivo ilumina este fenómeno. Incluso con un acceso estrictamente igual, la brecha entre grupos favorecidos y desfavorecidos no se reduce, porque los primeros aprovechan sistemáticamente mejor las mismas herramientas que los segundos. Dar a todo el mundo el mismo acceso no basta, por tanto, para igualar las oportunidades, si no se hace nada para cerrar la brecha de competencias que acompaña a ese acceso.
Esta constatación desestabiliza una intuición política muy extendida, la de creer que la igualdad de equipamiento produce automáticamente la igualdad de oportunidades, sin cerrar jamás la brecha de competencias que la acompaña.
Lo que realmente está en juego en este segundo nivel
Estas competencias no se reducen a gestos técnicos como hacer clic o navegar de un sitio a otro. Se trata sobre todo de competencias de procesamiento de la información: saber distinguir lo fiable de lo que no lo es, verificar una fuente, reformular con las propias palabras lo que se acaba de leer en línea en lugar de copiarlo tal cual.
Dos personas con el mismo acceso pueden así seguir trayectorias de aprendizaje completamente distintas según el dominio de estas competencias, con independencia de todo lo relacionado con el propio equipamiento.
Lo que ayuda de verdad
Un caso concreto ilustra bien esta brecha de competencia, a menudo pasado por alto en los debates sobre el tema: la barrera del idioma. Tener acceso técnico a un recurso excelente, pero redactado en un idioma que se domina mal, equivale en la práctica a no tener acceso en absoluto, pese a un acceso material perfectamente funcional.
Es precisamente esta situación la que aborda la idea de que un recurso ilegible en el propio idioma no es, en la práctica, accesible. Reducir esta brecha de competencia, aquí lingüística, en otros casos técnica o metodológica, cuenta tanto como el propio acceso material en la lucha contra la brecha digital.
Volvamos a esos dos alumnos equipados de forma idéntica, sentados en la misma aula. Reducir la brecha digital al solo acceso material es resolver la mitad más visible del problema, y dejar intacta aquella que, a menudo, más pesa sobre los resultados. La equidad empieza por el acceso, pero nunca se detiene ahí.