El síndrome del impostor: triunfar nunca basta

Sociedad e inclusión

Una alumna recibe una nota excelente en un examen que temía. En lugar del alivio esperado, un pensamiento se impone casi al instante: el tema le vino bien, el corrector fue indulgente, tuvo suerte. El éxito, en vez de tranquilizarla, reaviva de inmediato la duda. Este mecanismo tiene un nombre, el síndrome del impostor, y afecta especialmente a los alumnos más brillantes.

Un sentimiento mucho más común de lo que se cree

Lo primero que hay que saber, y es tranquilizador, es que este sentimiento no tiene nada de raro ni de vergonzoso. No señala ninguna debilidad personal particular. Una mayoría de personas informan haber sentido esto en algún momento de su vida, y la proporción aumenta todavía más en los entornos escolares más exigentes.

No es, por tanto, un rasgo de carácter aislado, ni una anomalía que corregir en uno mismo. Es un fenómeno psicológico ampliamente compartido, particularmente documentado entre las personas que más triunfan, lo cual ya debería bastar para desactivar parte de la vergüenza que a menudo lo acompaña en silencio.

El mecanismo que atrapa incluso a los mejores alumnos

En el centro del fenómeno hay una incapacidad de interiorizar los propios éxitos como el reflejo fiel de las capacidades reales. El éxito se atribuye sistemáticamente a causas ajenas a uno mismo: la suerte, un profesor especialmente indulgente, un tema que vino bien, casi cualquier cosa menos el propio trabajo o la propia inteligencia.

Esta distorsión no es voluntaria. Funciona como un filtro automático, que deja pasar toda explicación externa posible mientras descarta sistemáticamente la explicación más simple y más verdadera: la competencia real de la persona que ha triunfado.

Por qué triunfar nunca basta

He aquí la paradoja central. Como cada éxito se atribuye a algo distinto de uno mismo, ningún éxito, por más que se repita, llega a alimentar duraderamente la confianza. El siguiente desafío trae de vuelta, entonces, la misma angustia, intacta, con independencia de todos los resultados anteriores. Diez buenas notas seguidas no tranquilizan más que la primera: solo parecen retrasar el momento en que la verdad, la supuesta incompetencia, será por fin descubierta.

El perfeccionismo, a menudo visto como una simple cualidad escolar, desempeña aquí un papel mucho más ambiguo de lo que parece. Lejos de ser un aliado, figura entre los factores que más agravan este círculo, fijando un listón cada vez más alto, nunca del todo alcanzado, nunca suficiente para convencer.

Lo que agrava el fenómeno en la escuela

Ciertos contextos alimentan especialmente este sentimiento. La comparación permanente con otros alumnos, la presión constante del rendimiento, y un entorno escolar que valora ante todo la nota más que el camino recorrido para llegar a ella, crean un terreno particularmente favorable a la duda crónica.

No es casualidad que las vías más selectivas y competitivas concentren a menudo los casos más marcados. Cuanto más empuja el entorno a medirse con los demás, más alimenta la comparación social ese sentimiento de no estar nunca realmente en su sitio, incluso cuando todos los resultados objetivos indican lo contrario.

Lo que ayuda de verdad

Nombrar el fenómeno en voz alta, aunque solo sea para uno mismo, suele bastar para desactivar parte de su fuerza. El síndrome del impostor pierde buena parte de su poder en cuanto deja de ser un secreto vergonzoso que se lleva a solas, para convertirse en un mecanismo conocido, documentado, compartido por muchísimas personas competentes.

Guardar un registro concreto de los propios logros, un cuaderno, una carpeta, algunos mensajes o notas guardadas aparte, para releer en los momentos de duda, ayuda a contrarrestar la amnesia selectiva propia de este síndrome. El mismo principio vale para el trabajo escrito: seguir siendo el autor del propio trabajo, de principio a fin, incluso apoyándose en herramientas para reformular o clarificar un texto, sigue siendo un punto de referencia sólido frente al miedo a no ser lo bastante legítimo. Usar una herramienta para pulir lo que ya se ha escrito no resta nada a la autoría del trabajo final.

Volvamos a esa alumna y a su buena nota recibida con desconfianza en lugar de alegría. Esa voz interior que repite que el éxito es un malentendido no dice nada verdadero sobre sus capacidades reales. Solo indica que un mecanismo bien documentado y muy extendido está en marcha. Reconocer el síndrome del impostor por lo que es, un sesgo cognitivo compartido por la mayoría de las personas competentes, ya es un primer paso para dejar de creerlo a ciegas.